Hoy vengo a hablar de la magnífica Commodore 64.
¡Sí! Ya sé que estás pensando que no diré nada que no sepas o hayas leído en la cantidad de páginas web, y seguramente sea verdad. Sin embargo, quiero darle un enfoque distinto en este blog a mi gran ladrillo marrón de 64KB de pura y obsoleta memoria RAM. En verdad, cuando pienso en ella, se me erizan todos los pelos de mi cuerpo.
No creo que pueda decir con certeza cuál fue mi primer contacto con los videojuegos, ya que no recuerdo si fue el viejo Amstrad CPC 64 con aquel fascinante y quemador de ojos el monitor de fósforo verde, o el Commodore 64 que estaba en casa de mi tía. El caso es que fue con una de estas bellas máquinas con las cuales tuve mi primer gran contacto con el mundo de los 'marcianitos', el cual, más tarde, mi progenitora lo bautizaría como los 'Marios'.
Como fuere, siempre le tuve un bonito recuerdo, aunque, con perdón de todos los que me estéis leyendo ahora mismo, mucho de su gran catálogo no ha sabido envejecer bien (eso sí, que conste que un servidor sigue jugando y no poco). Según iba diciendo, aquel flamante Commodore 64 ya pasó a mejor vida. Esto me hace reflexionar: ¿No creéis que tiene que existir el cielo de la tecnología? En lo personal, creo que sí, y doy por hecho que tiene que existir un sitio en el paraíso para aquel ordenador.
El tiempo pasó, aunque no mis ganas de tener otra vez esa codiciada máquina de 8 bits. En el 2010 o 2011 me hice con una muy barata (no recuerdo el precio, pero menos de 50 euros seguro que sí). ¿Problema? Aguanto un par de meses medianamente bien hasta que nos dijo adiós sin comerlo ni beberlo. He tardado sin exagerar, una década en volver a revivirla, puedo decir que nunca hemos averiguado por qué murió. Lo he dicho en plural ya que precisé de la ayuda de mi mecánico personal, del cual ya os hablaré más adelante... Le cambiamos los chips de la memoria RAM, el chip gráfico, condensadores, una CPR, el boca a boca, para que finalmente mi ansiada máquina volviera de entre los muertos y con unas suculentas mejoras. Resulta que al ser expulsada del infierno, me vino con un lector de tarjetas SD, gracias al cual puedo cargar todos los juegos a los que siempre quise jugar y a los que, por desgracia, no puedo jugar como el Dios gamer manda.

Como bien se puede apreciar en la foto, juego con un joystick de una clon de la Atari. Dicho mando actualmente se encuentra con un pie en la tumba, haciendo que jugar con él sea un poco (siendo generoso) complicado.
Aun así, gracias a estos gadgets, siempre que me da curiosidad ver qué nuevo software hay en el mercado o quiero jugar algún gran clásico, le doy al ON y me echo mis vicios. En definitiva, es un gran ordenador que me trae mucha nostalgia y me hace pasar buenos ratos con él.
Te quiero, Commodore.